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Los mandalas musicales de Guadalupe Luceño

Prólogo al catálogo de la exposición de Essen (Alemania), 2005

Desde sus orígenes la pintura ha girado en torno a dos polos. Uno es el deseo de reproducir la realidad fenoménica de forma que el contemplador se haga la ilusión de estar delante de la cosa representada. El otro es el anhelo de jugar con las figuras geométricas elementales. Si en torno al primero podemos situar desde los bisontes de Altamira hasta Las Meninas, alrededor del segundo se encuentran el arte sirio-fenicio de hacia el siglo X a. C., los mosaicos romanos de motivos geométricos y las lacerías árabes, que en buena medida son continuación de aquéllos, como lo deja ver el arte sirio de la época omeya. Entre estos dos polos hay situaciones intermedias, como en las pinturas de los abrigos levantinos y en la cerámica griega arcaica, en las que el artista reproduce escenas de la vida cotidiana de una forma esquemática, estilizada.

Es bien sabido que el mundo musulmán dio su preferencia al aniconismo de raigambre hebrea, en tanto que el Occidente europeo se decantó por la figura humana y el paisaje, y relegó las indagaciones de tipo geométrico a la condición ancilar de arte ornamental. Habrá que esperar al segundo decenio del pasado siglo para asistir a su reivindicación. Los suprematistas y los neoplasticistas se dedicarán desde entonces a explorar lo que Kant llamaba la pulchritudo vaga, o sea, la «belleza libre», el libre juego de las sensaciones visivas. Más que una visión renovada de la realidad, estos artistas se proponían como ideal estético un arte que en lugar de reproducir la realidad fuese la realidad, una realidad en la que se evidenciasen, de forma cristalina, sus fundamentos estructurales.

Después de la segunda guerra mundial esta modalidad artística renace con fuerza, sobre todo en zonas de cultura alemana, como se ve en la obra de Max Bill, ya sea por la tradición anicónica de cultura religiosa protestante, ya por el interés que suscita en el espíritu alemán la alianza de lo artístico y lo tecnológico, de la estética y la ciencia. Poco después, en los años cincuenta y sesenta, empieza a darse a conocer en España una serie de creadores que van en esta dirección, como Oteiza, el Equipo 57, Palazuelo, Sempere, Elena Asíns, Julio Plaza, Lugán, Julián Gil, Tomás García y José María Iturralde. Algunos de estos artistas, en los últimos años 60 y primeros 70, emprenderán un diálogo pionero con la ciencia y las nuevas tecnologías en el marco del Centro de Cálculo de la Universidad Complutense de Madrid.

Los mandalas de Guadalupe Luceño se encuentran en esa estela. Pero todavía sería más exacto decir que se encuentran en una encrucijada en la que lo contemporáneo se da la mano con lo antiguo, lo sagrado con lo estructural, lo íntimo con lo impersonal. Pues uno de los rasgos peculiares del arte de Guadalupe Luceño es que para ella la composición de mandalas forma parte de una inspiración y un proceso espirituales. Para decirlo con sus propias palabras, los mandalas son «el vehículo que he elegido —o que me ha elegido— para caminar por la senda del crecimiento personal y de la búsqueda de la verdad última o, cuando menos, de mi verdad, que no puede ser sino parte consustancial de aquélla».

Las estructuras que la artista evidencia en sus composiciones, con su poderosa simetría central y un despliegue que a menudo se desarrolla en torno a una cruz primordial e irradiante, no son tanto estructuras del universo, según podrían discernirse en la flor, el árbol, los cristales, los átomos o las revoluciones astronómicas, como estructuras de la psique que, por otro lado, no podrían existir sino en relación de solidaridad con las de la realidad física y biológica. Figuras de la totalidad y de la integración, la pintora sabe que sólo de forma coordinada, armónica, la psique puede crecer y madurar.

De una forma intuitiva, casi por revelación o por una cierta comprensión íntima, Guadalupe Luceño se ha plantado, de golpe, en el ápice de un arte más bien secreto. Impregnados de anhelos sapienciales de trascendencia, los mandalas indotibetanos y sus precedentes, los diagramas gnósticos y maniqueos de los siglos II y siguientes, que logré reconstruir en El círculo de la Sabiduría (Siruela), son, para la artista española, los interlocutores ideales en un proceso que nos va a descubrir, intuitivamente, las formas esenciales de composición psico-físico-matemática. De una composición que desde un punto inextenso abarca todas las direcciones y dimensiones de un espacio que es contemplado como correlato del espíritu.

En la pintura de Guadalupe Luceño aflora, en una ocasión, una significativa referencia a Sofía Prouniko, figura central del gnosticismo, la madre eónica de los hombres «pneumáticos» y responsable, en última instancia, de la creación del Universo, a través de la acción de su hijo «psíquico» el dios Yaldabaoth. Los gnósticos veían a esta Sofía como la Jerusalén celeste del Apocalipsis, cuya estructura mandálica no se debe pasar por alto. En otra ocasión, la referencia a Siria, en un mandala llamativo por lo diferente, nos trasporta a un país y a unas coordenadas geográficas y culturales donde surgieron, hace unos dos mil años, los diagramas mitraicos y gnósticos de los que derivarán en última instancia los mandalas indotibetanos del budismo tántrico, después de ser revalidados y filtrados por el dualismo maniqueo. Pero el arte de Guadalupe Luceño no es un arte erudito, fastidiosamente erudito. Si algo tiene a raudales es espontaneidad, a la vez que rigor, un espíritu lúdico que transforma el ornamento en meditación y la meditación en ornamento.

Con un lenguaje de formas y colores puros, los mandalas de Guadalupe Luceño nos participan un mundo que está en expansión rítmica y constante a partir de un centro inextenso, infigurable, inefable; un mundo que es originado por vectores de color que se entrecruzan en el espacio como los infinitos y vibrantes caminos de la vida; un mundo en el que predominan pautas de estructuración e integración basadas en el círculo (el Cielo), el cuadrado (la Tierra) y, ocasionalmente, el triángulo. Una y otra vez, nos asaltan el campo de la visión ciertos valores numérico-espaciales, que tanto se destacan en los diagramas gnósticos y los mandalas tántricos, como la Tétrada, que se convierte en Péntada con la reunión en el centro de los cuatro vértices del cuadrado, y sus misteriosas derivaciones, como la Ogdóada, el Dieciséis y el Treinta y dos.

A menudo, al titular sus óleos, Guadalupe se fija en las composiciones de grandes músicos (Beethoven, Mozart, Bach, Mahler), lo que se explica porque su pintura es música visiva, juego armónico de sensaciones visuales, en el que el plano pictórico hace las veces de partitura. La referencia a la música va al fondo de la obra de Guadalupe Luceño, pues la música es algo más que la mera modulación de los sonidos. Giordano Bruno, que además de filósofo fue uno de los principales tratadistas del arte de la memoria, compara sus diagramas mnemónicos —sus mandalas, podríamos decir— con la música, y así, en el capítulo XX de la sección II de la Parte I de Sobre la composición de imágenes, signos e ideas, dice:

«La música es de tres clases: la primera está en la mente de Dios, la segunda en el orden y movimiento de las cosas del mundo, la tercera en aquellas formas que empapan el alma en virtud de la armonía que ésta disfrutaba antes de ser encerrada en la prisión del cuerpo. Mientras que los músicos ligeros y vulgares se basan en sones de voces e instrumentos, los músicos serios, con un juicio más sólido y una razón más profunda, se sienten a menudo inspirados por un cierto soplo divino y acogen en su espíritu el alimento de la ambrosía celestial. A éstos la armonía se les comunica preferentemente por los ojos, a aquéllos por los oídos. En otra parte traté del admirable parentesco que hay entre los verdaderos poetas —a los que se asemejan los músicos por ser idéntica la especie a la que ambos hacen referencia—, los verdaderos pintores y los verdaderos filósofos. La verdadera filosofía es tanto música o poesía como pintura; la verdadera pintura es tanto música como filosofía; la verdadera poesía —o música— es tanto pintura como una cierta divina sabiduría».

Guadalupe Luceño forma parte de esta clase de músicos a los que se refería Bruno. A ellos la armonía se les da a través de una visión que trata de ir al fondo musical de las cosas. Pues el alma, como pensaba Platón, o es música o tiene afinidad con la música.

© Ignacio Gómez de Liaño
(Reproducido con permiso del autor)