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Texto de Luis Luna, publicado en Tierra y Tecnología, nº 27 2005, pp. 117/118.

Guadalupe Luceño. Íntima geometría

Geografía del silencio

Habitante de los intersticios del vacío, Guadalupe Luceño trabaja sus mandalas con ansia de infinito, en un proceso místico que derrumba el trazado inexacto de las fronteras y explora la morfología profunda de la soledad y su armonía. En este contexto, sus estructuras pictóricas albergan una multiplicidad de voces destinadas a describir un paisaje de colores saturados, de matices desnudos que pugnan por huir de la intemperie a que les aboca el anonimato de la no-expresión.

Es esa pugna, ese movimiento interior/exterior, centro/periferia, realidad/trascendencia quien conforma el paisaje que propone Luceño: existir o ser , radicalmente diferenciados. Y todo ello con la tersura de quien sólo sugiere o deja abierta la puerta hacia un insilio absolutamente necesario donde poner en claro el propio devenir. La propuesta es salvífica, porque tal vez crear es otorgar vida y es, al mismo tiempo, un proyecto universalmente íntimo, una teoría sentida y pensada por el cauce que representa la artista, cauce en el que han ido sedimentando todos los materiales que conforman la tradición de la abstracción geométrica. En tal intersección se hace necesario meditar qué silencio, qué pausa, qué armonía recóndita anima su pintura. Quizá sean las formas los indicios tan sólo de otro todo más amplio que conforma el ser mismo, el espacio que habita, aquello que le nutre, su secreta vocación de unidad desatada, sin muros que encarcelen la última belleza que intuyen los trazos, los colores, los puntos de fuga. En este sentido nos habla Ada Salas cuando describe el silencio necesario que rodea –ella concreta en los poemas– a las obras de arte:

Hablo del blanco que precede al inicio de un texto: ese vacío preñado que antecede al primer verso (...), esa “suspensión” cargada de inminencia con la que iniciamos la lectura –y la escritura– de un poema: el espacio mental, emocional, en espera. Y hablo también, cómo no, del silencio que sucede al poema, que es donde en verdad éste se realiza.

Extrapolando estas palabras, nos encontramos ante una especial geografía en la que se desarrollan los mandalas de Luceño, un espacio destinado al encuentro entre autora, obra y quien contempla la obra. Ese diálogo necesario supone un peregrinaje a las altísimas fuentes do mana el agua pura de la comprensión entre soledades –el individuo– para las que ahora se tiende un puente pictórico y vital.

Sintaxis del movimiento

Muy a menudo se habla de modernidad en función de lo audaz de cada propuesta, del atrevimiento que supone cada paso artístico en lo que posee de vertiente funambulesca, de íntimo caminar por el delgado alambre de la creación y su extrema caída hacia la nada o la locura. El movimiento es pues, una función básica de la expresión artística y su especial sintaxis representa el índice de calidad que lo impulsa. Si observamos en detalle las pinturas –pensamientos pictóricos– de Guadalupe Luceño de inmediato nos encontramos ante construcciones que revelan el desasosiego, la navegación consciente en un “barco ebrio” donde interior y exterior se solapan como si fueran un cristal finísimo que nos remite la imagen propia íntimamente distorsionada, en un proceso que se podría calificar de descendente.

En sentido gnóstico podríamos referirnos al buceador, a aquel que interroga a su propio yo como método de conocimiento. A medida que profundizamos nuestra propia imagen desaparece hasta fundirse con el todo, con la unidad y las partes. El nexo necesario es aquí el trazado misterioso que anima los diseños que contemplamos, los dibujos de nosotros mismos que sabia y alquímicamente la autora nos desvela. He aquí su sintaxis, labrada a fuerza de interrogación propia, sí, pero también como resultado de la búsqueda de las constantes que forjan al ser humano en cuanto que homo loquens.

Estudio sobre muro

La búsqueda abierta de cada mandala traza una trama vital inevitablemente castigada por los acontecimientos temporales que afectan a nuestra percepción. El desgarro actual entre Oriente y Occidente provoca un compromiso entre artistas que se sienten hermanos y, en este sentido, la autora se une a través de su arte con aquellos cuya voz no termina de entenderse. Siria, referencia fundamental para entender su creación, sirve como punto de partida para el entendimiento espiritual con el mundo musulmán el cual, según algunos de sus más destacados interlocutores, se encuentra en “estado de sitio” debido a la parcial interpretación de sus realidades.

Guadalupe Luceño busca en sus obras la reinterpretación del mensaje universal que trasluce toda obra de arte para desentrañar los gritos de la angustia, el dolor implícito en la separación ficticia que suponen las fronteras o las banderas cuando se discurre sobre lo que nos aproxima, de la sinapsis que subyace en el gesto más ínfimo de acercamiento. Este diálogo se propugna en cada arista, en la cálida caricia que irradia cada uno de sus círculos, o el afilado interrogante de un triángulo cuya base se extiende hacia todos nosotros hasta llegar a una cúspide que coronan los elegidos, los que comprenden finalmente ser la parte que da sentido a un todo exacto, basado en la matemática y la intuición estética de un devenir común.

Así pues, la autora centra sus composiciones en el entendimiento que se expande hasta convertirse en una profunda corriente de pensamiento que nos transporta hacia el terreno de la libertad individual donde cada cual debe escoger su íntima belleza para aliviar la angustia de este tiempo, para limpiar el lodo de este espacio, como diría el insigne poeta Mahmud Darwish.

© Luis Luna
(Reproducido con permiso del autor)